Schönbrunn

2017

Instalación específica en la exposición Tentativas para agotar un espacio, Tabacalera, Madrid (SP)

 

Lejía y agua sobre loneta de diferentes colores

5 x 12 x 1`5 m

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SCHÖNBRUNN

 

Recuerdo sentir nostalgia en mi infancia, cuando aún no tenía recuerdos. La añoranza vino antes que la memoria, como si estuviera clavada en la genética. Echaba de menos todo lo que estaba por venir, todas las personas que aún no había conocido, y suspiraba, y pensaba en la muerte. Solo era una niña y ya temía a la vejez.

 

Ya quería huir, mientras rememoraba lo que aún seguía ocurriendo e imaginaba que todo ello algún día podía no seguir allí. Echaba tanto de menos el presente.

Esta mistificación otorga un halo de belleza extra al que la evoca. Porque es más placentero soñar con volver a los orígenes que reunir el valor para hacerlo realmente (y tener que enfrentarse a la decepción). Esa es la bonita decadencia del explorador que se sumerge en una naturaleza primitiva bajo el amparo de su privilegio, porque «cuando el peligro o el dolor acosan demasiado, no pueden dar ningún deleite, y son sencillamente terribles; pero, a ciertas distancias y con ligeras modificaciones, pueden ser y son deliciosos.» (Edmund R. Burke, De lo sublime y de lo bello, 1757).

Es probable que Johann Wenzel Bergl, al igual que yo, disfrutara más de las fantasías que de las experiencias reales, mientras pintaba en la década de 1770 sus murales en el palacio de Schönbrunn (Viena), donde recreaba un "paraíso perdido" existente todavía a día de hoy en el imaginario colectivo occidental y que no sabemos exactamente de dónde viene. Y es que esa ensoñación bucólica es una catarsis que se repite a lo largo de la Historia en una u otra forma, ya sea el beatus ille de Horacio, el Decamerón de Bocaccio, la Arcadia de Jacopo Sannazaro, el locus amoenus en las obras de William Shakespeare, el ascetismo de Fray Luis de León, la curiosidad naturalista de Alexander von Humboldt, el coleccionismo de Gerald Durrel o el ingenuo orientalismo que parece resurgir en una actualidad sobresaturada de normativas y deberes, falta de tiempo y relaciones interpersonales.

 

Belén Rodríguez interpreta a través de técnicas textiles similares a las adquiridas por los comerciantes en las colonias asiáticas su particular acercamiento estético a los murales de Bergl, que interpretaban a su vez los grabados de la flora y fauna documentada en las expediciones de la época de Franz Stephan I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico durante el siglo XVIII.

Así como lo sublime es aquello que tiene el poder de despertarnos y destruirnos, estas expediciones tenían la capacidad de descubrir y desolar. En un mismo contexto de Ilustración y regeneración, el eurocentrismo demostró que además de considerar Europa como la cuna de la civilización, llevaba a su vez la semilla de su propia capacidad devastadora (incluso autodestructiva). De esta manera, la artista trae a la memoria un pasado sin el cual es imposible escudriñar los obstáculos a los que se enfrenta la sociedad actual, una sociedad cada vez más global, y los ascendientes artísticos de los que emana sin saberlo la pintura contemporánea.

 

Elisa Rodríguez González